Visitamos 14 fincas y esto aprendimos sobre la cosecha 2025–2026 en Costa Rica
Durante las últimas semanas recorrimos 14 fincas en distintas regiones del país. Caminamos cafetales, probamos fruta madura directo de la vandola, escuchamos historias de familias que llevan generaciones cultivando café y otras que apenas están comenzando a procesarlo por su cuenta.
Cada cosecha es distinta. El clima cambia, los precios cambian, los mercados cambian. Pero hay algo que permanece: la capacidad de adaptación de las familias productoras.
Esto fue lo que más nos marcó de la cosecha 2025–2026.
El mercado local dejó de ser secundario
Hace aproximadamente 15 años, cuando las cafeterías de especialidad apenas comenzaban a existir en Costa Rica, lo mejor de nuestro café se iba. Asia, Europa y Estados Unidos eran el destino natural de los lotes más cuidados. Consumir café de exportación aquí era la excepción.
Hoy la conversación es diferente.
Los mismos productores nos hablan del mercado local como una fuente real, estable y creciente de ingresos. Ya no es solo un complemento: es una estrategia. Un amortiguador frente al tipo de cambio, frente a la volatilidad del mercado internacional, frente a la presión de competir con países con menores costos de producción.
Pero más allá de lo financiero, hay algo simbólico en esto.
Que el mejor café también se quede aquí.
Que cuando decimos que Costa Rica produce muchos de los mejores cafés del mundo, podamos servirlo en nuestras propias mesas.
Que el valor no siempre tenga que cruzar fronteras para ser reconocido.
Muestras en verde de microlotes en Tarrazú.
El café ya no está solo
El café da una cosecha al año. Eso significa que los ingresos de muchas familias se concentran en pocos meses, mientras el resto del año exige planificación, liquidez y paciencia.
Históricamente, el banano fue el compañero natural del café: sombra rápida, ingreso complementario, equilibrio básico del sistema.
Pero las fincas que visitamos hoy cuentan otra historia.
Granadilla trepando cercas.
Aguacate Hass de gran valor en el mercado.
Chayote, naranjilla, tomate, manzana en zonas altas.
Incluso árboles de Navidad listos para diciembre.
La diversificación ya no es un experimento; es una estrategia de resiliencia.
Las fincas que combinan café con otros cultivos de valor agregado parecen tener mayor estabilidad financiera y más margen de maniobra ante un mercado impredecible. En un país fértil como el nuestro, la tierra ofrece más de una respuesta.
Cajas para fermentar cacao en Aquiares
Un país de muchísimos pequeños
Según el Icafé, en Costa Rica existen 24.653 familias productoras de café. Durante décadas, la mayoría entregaba su producción a beneficios y cooperativas. Ese modelo fue -y sigue siendo- fundamental para el desarrollo del país.
Pero algo está cambiando. Cada vez más familias están procesando y comercializando su propio café. El microbeneficiado ha abierto una puerta nueva: trazabilidad, control de calidad, diferenciación y acceso directo a compradores.
No es una ruptura con el modelo cooperativo. Es evolución y adaptación.
Hoy vemos un ecosistema más diverso: cooperativas de mucha historia conviviendo con microbeneficios familiares; modelos tradicionales de gran volumen complementados por emprendimientos agrícolas de altísima especialización.
Las familias que procesan su café y lo venden con trazabilidad han encontrado nuevas formas de capturar valor. Pueden segmentar calidades, diversificar clientes y construir relaciones más directas.
Muchas veces hay más riesgo, sí. Pero también hay más reconocimiento.
Café proceso miel secándose en patios de cemento. Microbeneficio Don Mayo, Leon Cortes.
Volvimos de estas 14 fincas con una sensación clara: la caficultura costarricense no es estática. Está en movimiento.
Se adapta. Se diversifica. Se reinventa.
Y en medio de la volatilidad global, encontramos algo profundamente local: familias que siguen apostando por la tierra, por el detalle y por el valor del origen.